CUENTO DE VERANO

 

 

Te acomodas en la barra, distribuyendo cuidadosamente las dos cañas de cerveza que nos acaban de tirar. Hacía demasiado tiempo que no teníamos la oportunidad de ponernos al día y la falta de costumbre unida al pudor que se va acumulando junto con los fracasos que cada año vamos sumando, nos termina conduciendo hacia lugares comunes que solo sirven para desperdiciar lo mejor de los primeros sorbos de nuestras bebidas.

 

Me hablas de los últimos resultados de una liga de fútbol que no me interesa lo más mínimo pero que, me confiesas, te llena de ilusión cada fin de semana que es cuando aprovechas para apostar on line sobre los aspectos más peregrinos de cada partido; de fichajes de jugadores cuyas permanentemente exhibidas biografías no contienen apenas referencias ejemplarizantes para nuestros jóvenes, que los adoran; de vídeo juegos que compartes, en red, con otros amigos y que os mantienen siempre conectados emulando ser soldados de élite contra maniqueos enemigos islámicos o mánagers de equipos profesionales; de insulsos programas de televisión que luego comentas, en Facebook o Twitter, con ingeniosos insultos para sus desgraciados participantes; de la última fotografía que una vieja amiga común ha subido a su Instagram mientras pedalea, enloquecidamente, en las instalaciones de un gimnasio de moda en una perversa, y perdida de antemano, carrera contra el reloj.

 

Media caña. Tímidamente trato de cambiar de tema y aprovecho que en el bar en el que estamos la televisión está encendida y en uno de los habituales programas de tertulias aparece ahora una imagen del líder de VOX para preguntarte tu opinión sobre la situación política en España.

 

¿Política? No me interesa. Sentencias dando un nuevo sorbo y ahogando, un poco más, la claridad de unos ojos que yo recordaba alegres, hace ya muchos años.

 

Que si todos los políticos son iguales, cobran mucho para lo poco que hacen y solo buscan una paga vitalicia. Que si solo sirven para colocar a los suyos. Que si los encerrabas sin sueldo hasta que llegaran a un acuerdo de gobierno. Que si Venezuela por aquí. Que si Cataluña por allá. Que si los inmigrantes tienen todos los derechos y los de aquí ninguno. Que si los de la extrema izquierda quieren acabar con nuestras tradiciones. Que si habría que eliminar todas las ayudas. Que si hay muchos impuestos. Que si los delincuentes entran por una puerta y salen por otra y hay que endurecer las penas. Que si interminables listas de espera en la sanidad pública cuando lo mejor es un seguro privado. Que si mucho feminismo y mucho atacar a la iglesia porque aquí hay muchos derechos, pero que habría que ver a esa gente en Irán o por ahí. Que si no hay nada que hacer, todo siempre va a seguir igual y, en definitiva, la política no te interesa y no va contigo.

 

Algo atolondrado por el rosario superficial y contradictorio de tópicos, aprovecho un respiro tuyo para preguntarte por cómo te trata la vida. Sombrío, se te oscurece aún más la mirada. Te sinceras.

 

Me recuerdas que tienes cincuenta y un años recién cumplidos y, desde un despido improcedente que tuvo que atender, parcialmente, el FOGASA porque tu empresa resultó insolvente, llevas cuatro años desempleado. Sin apenas ingresos familiares, a duras penas malvives con el sueldo de tu esposa, dependienta en una tienda local de ropa en la que trabaja entre nueve y diez horas al día (solo está asegurada cuatro, pero está contenta porque a otras ni eso) y donde cobra menos que el salario mínimo interprofesional (aunque cada mes firme otra cosa en su mendaz nómina). Desde que se te terminó la prestación por desempleo has venido retrasando y dejando de pagar la hipoteca; ya has recibido del juzgado la demanda de ejecución (me ofrezco a echarte una mano en eso) y aunque entiendes al banco (es lo que hay, yo si me debieran haría lo mismo, admites), la precariedad y la inestabilidad están minando tus ilusiones, las de tu esposa y las de tu hija, enredada en una carrera universitaria de esas de las que no dejan de publicarse en los medios que no hay posibilidad alguna de encontrar trabajo en España. Te desasosiega su incierto futuro (aquí o donde sea, pues si marcha no dejará de ser extranjera o inmigrante) pero igualmente te aterra su quebradizo presente, mendigando mezquinas becas y encadenando, simultáneamente, trabajos micro temporales con un catálogo de derechos laborales (¿?) propio de una novela de Dickens.

 

Tu madre (viuda, octogenaria y sola) no puede ya valerse por sí misma y también me relatas tu calvario burocrático -lleno de desesperantes silencios administrativos- para tratar de conseguir alguna ayuda de esas de la dependencia.

 

Apuramos el final de nuestras cervezas mientras la televisión del bar vuelve a bombardearnos con el análisis que tertulianos de cabecera llevan a cabo sobre mensajes cruzados entre líderes políticos, luchas por el relato perfecto, encuestas precocinadas o tuits virales.

 

Ves. ¿Y eso de qué vale? ¿De qué me sirve? ¿Eso es la política? Prefiero a estos nuevos que no están todo el día con lo de la memoria histórica, que no son como los otros que se alinean con los gais, los extranjeros, los catalanes, los delincuentes. Prefiero estos que, por lo menos, defienden volver a un país grande como fuimos… ¿La política? ¿Qué es la política? No me interesa. No tiene nada que ver conmigo.

 

Y mientras pido la cuenta y nos damos la mano y nos emplazamos a vernos o llamarnos cualquier otro día, no puedo dejar de juguetear, abatido y triste, con los versos de Bécquer:

 

¿Qué es política?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es política? ¿Y tú me lo preguntas?

Política… eres tú.

 

 

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