De entropía y democracia

En 1944, el premio Nobel de física Erwin Schrödinger -nombre que, para los profanos, nos resulta familiar por su célebre gato, paradójicamente vivo y muerto al mismo tiempo por virtud de los arcanos de la mecánica cuántica- escribió una obra deliciosa y seminal titulada, expresiva y rotundamente ¿Qué es la vida?

En esa breve pieza, el pensador austriaco concluye que el rasgo característico de la vida, o dicho de otro modo, lo que determina que un ser esté vivo es que hace algo. Por el contrario, cuando se alcanza un estado permanente en el que no ocurre ningún suceso observable, nos encontramos frente a materia muerta que ha alcanzado el equilibrio termodinámico, o lo que es lo mismo, la máxima entropía.

Todo lo que pasa en la Naturaleza -continúa Schrödinger- significa un aumento de entropía (o desorden) allí donde ocurre, y, por tanto, “un organismo vivo aumentará su entropía acercándose peligrosamente al punto máximo, que es la muerte. Sólo puede mantenerse lejos de ella, es decir, vivo, extrayendo continuamente entropía negativa.”

Como apunta el físico iraquí Jim Al-Khalili, se puede también entender la entropía como la medida de la capacidad para invertir energía en ejecutar un trabajo. Así las cosas, cuando un sistema alcanza el referido equilibrio termodinámico -léase el total desorden o entropía máxima-, se vuelve inútil. No (nos) sirve.

Pues bien, más allá de confesar la dificultad de sustraerse a la sugerente melodía del concepto o al evocador encanto del término de entropía, resulta, no obstante, tentador ponerlo en relación con los avatares propios de la realidad social y política.

Asistimos en los últimos tiempos a momentos de enorme desorden, de gran crispación, de excesiva y desmesurada polarización, de algo que, tal vez y de forma metafórica, podríamos calificar de elevada entropía política.

Sin embargo, siguiendo el hilo que marca la tesis de Schrödinger, cuando un organismo -que bien podría entenderse aquí como el cuerpo social del que formamos parte o como el sistema democrático que disfrutamos- alcanza el máximo nivel de desorden, no solo se torna en algo inútil (para la convivencia), sino que el resultado es su previsible desaparición. De ahí que, para sobrevivir, deba nutrirse de desentropía o entropía negativa, esto es, y en lo que aquí nos ocupa, de pequeñas dosis de normalidad entendida como acercamiento, tolerancia o concordia imprescindibles para seguir subsistiendo dentro de este marco de constante esfuerzo por armonizar orden y desorden.

Admitiendo que resulta ineludible el conflicto -pues la concreta situación personal, social o económica de cada cual difiere de la de su vecino, variando también, por tanto, sus intereses y necesidades más apremiantes-, conviene, no obstante, hacer el ejercicio de trascender lo meramente particular y admitir las diferencias de los demás (no solo las más superficiales, que en ocasiones son las que más nos separan), y ello de cara a poder conjugar los inevitables desórdenes propios de la convivencia con la insobornable obligación moral de seguir manteniendo una batalla por una vida decente para cualquiera.

Una pugna perpetua que, en todo caso, debería aceptar los fines de su propia supervivencia como sociedad en persistente evolución, sin negarle la debida consideración y respeto al otro, es decir, a quien -legítimamente y de buena fe- piensa o siente de otra manera o tiene una diferente concepción de la Justicia. Unos límites, en definitiva, que bien podríamos situar, recordando a Julio Anguita -quien nos dejó algo más huérfanos de ejemplaridad pública, hace ahora un año, durante la más extraña y triste de las primaveras que recordamos-, en la observancia, cumplimiento y defensa de las reglas del juego y del acervo ético-jurídico derivado de la Constitución Española o de las declaraciones europea y universal de los Derechos Humanos.

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