De un tiempo a esta parte pareciera que hemos antepuesto el deseo a la realidad: deseamos tener enemigos malvados frente a los que poder enfrentarnos; deseamos que la razón y la verdad permanezcan en nuestro bando; deseamos creer que los nuestros son como nosotros queremos que sean, auténticos, puros, admirables; deseamos, en definitiva, confirmar que nos deslizamos por el lado correcto de la historia.
Si la desnuda realidad —si es que algo así pudiera existir para nosotros, pues no podemos dejar de afanarnos en otorgarle un sentido a aquello que nos ocurre o nos preocupa— puede resultar aburrida o prosaica en ocasiones, el deseo alberga en su interior la fascinante épica de quien se ve a sí mismo como alguien capaz de cambiar el gran teatro del mundo o de escribir el futuro reescribiendo, en ocasiones, el pasado.
Uno de los objetivos de la política entendida como técnica para mantener eso tan escurridizo, deseado e ingobernable que es el poder, pasaría por gestionar y aprovechar los heterogéneos y contradictorios intereses individuales de la multitud —que, obviamente, no son lo mismo que el interés general—, anunciando siempre nuevas o renovadas medidas que ofrecen algo parecido a una etérea posibilidad de cumplimiento, más o menos inmediato, de esos deseos egoístas y mutuamente excluyentes. Y si bien, en una primera instancia, pudiera parecer que se trata de la cínica y censurable artimaña propia del vendedor de humo que se limita a contarle a cada cual aquello que quiere escuchar y que, hábilmente, es capaz de transmutar, como por arte de magia, la parte —nosotros, es decir, unos pocos— por el todo —el pueblo en su totalidad—; sin embargo, lo cierto es que esa suerte de sinécdoque política —que más allá de su evocador efecto poético se aleja del elemental respeto a la lógica— alimenta el deseo y consigue nublarnos la razón de tal modo que seguimos queriendo creer y confiar en los nuestros frente a los otros.
En El cero y el infinito —la obra de Arthur Koestler en donde se denunciaban, incluso antes que en la célebre 1984 de Orwell, los criminales excesos del totalitarismo— se afirma, sin pudor, que se le debe dar a las masas una explicación “sencilla y fácilmente inteligible de todos los fenómenos difíciles y complejos”. Esto implicaría —según el descarnado discurso de uno de los personajes—, que cada frase “penetre en el espíritu de las masas, a fuerza de repeticiones y simplificación”, de tal modo que “lo que se presenta como bueno, debe brillar como el oro”, frente a lo que se presenta como malo que “deber ser negro como el ébano”.
Así, nos hemos ido acostumbrando a consumir zafios eslóganes —“socialismo o libertad”, “democracia o mafia”— que no sólo no dicen nada, pues tienen como objeto que cada cual, según sus deseos, los colme de significado; sino que, además, ahondan en la voluntad de dividir, artificiosamente, entre un nosotros y un ellos, entre unos cuantos buenos y otros tantos perversos, entre quienes atesoran la dogmática verdad y quienes viven empecinados en el error o la mentira.
Sin embargo, como reza el lugar común, casi nada suele ser —por mucho que así lo deseemos— blanco o negro. Es más, casi nada suele permanecer. La realidad suele discurrir, las más de las veces, en una continua tensión dialéctica que va fluyendo como las aguas de aquel río en el que, como dijo el poeta, nadie se baña dos veces excepto los muy pobres. De ahí que difícilmente podamos abrazar muchas certezas inamovibles o esgrimir verdades pretendidamente absolutas, y menos aún en la vida política donde, por definición, nada está escrito de antemano y todo requiere de un esforzado esfuerzo por convivir en la perplejidad, la misma que resulta cuando nos vemos en la necesidad de situarnos entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera (o lo que le gustaría que fuera a otros); de sobrevivir con estas reglas del juego e imaginar otras distintas, más justas para nosotros (y tal vez no para los demás); de admitir que quien piensa distinto no es necesariamente ni perverso ni torpe; de navegar entre la lógica de la utilidad y la ética de la dignidad; de conciliar, mal que bien, el deseo con la realidad.



