JUGARSE LA BOCA

La vida en un barrio cordobés se puede llegar a parecer a la vida en un pueblo y te permite pequeños placeres como salir cada domingo por la mañana a comprar el periódico y tratar de no deshojarlo demasiado al conciliarlo con un café y unos batidos para las niñas.

La vida en un barrio, y también en los pueblos, se puede llegar a parecer porque las dos geografías se han visto invadidas por las casas de apuestas, que se han multiplicado en los últimos tiempos.

Decía Albert Camus que quien está triste es porque ignora o porque espera. Vivimos momentos inciertos, con miedos (reales o deliberadamente infundados) y desesperanzas (esas hijas predilectas de la injusticia) que abocan a las peores de las melancolías -como explica la filósofa danesa Joke Hermsen, hay una melancolía, o tristeza alegre, de la que aflora la creatividad, pero hay otra, patológica, que condena a la depresión-, callejones sin salida en los que el juego se vende como la única vía de escape legítima para huir de una gris realidad.

No es lo mismo saber algo que acertarlo. Sin embargo las dos vías pueden llevar al mismo objetivo. Las casas de apuestas trastocan el saber -que implica esfuerzo, tiempo, pero también posibilidades- con la mera adivinación que se agarra a la suerte neta y que, por eso mismo, parece que está al alcance de cualquiera, incluso de los más desesperados.

Hasta ahora han sido pocas las medidas adoptadas: primero un par de mociones -o brindis al sol- que pasaban por reclamar reformas de las normativas estatal y autonómica en relación con el juego; finalmente, una propuesta de modificación del PGOU para evitar la colonización de las casas de apuestas, proponiendo unas distancias mínimas entre unas y otras, y suspendiendo por un año la concesión de nuevas licencias. Pero ya tenemos bastantes casas de juego, demasiadas.

Es cierto que el libre mercado tiene estas cosas. Ya saben, se oferta mucho y se crea una innecesaria demanda. Las cuestiones éticas quedan relegadas a los aguafiestas de siempre.

Sin embargo, aunque con el tiempo se nos caigan algunos mitos -como nos ha pasado, literalmente, con Sabina– algunas de sus enseñanzas siguen estando vigentes y siempre parecerá más sensato jugarse la boca, por amor, que jugarse el pan, por un estúpido penalti.

Columna leída en HOY POR HOY CÓRDOBA (CADENA SER) el 18/2/20

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