Tailandia. Exterior noche.

 

En el retablo de las maravillas que es El infinito en un junco, Irene Vallejo nos recuerda que la palabra «teatro» significa «lugar para ver», el sitio desde el cual, ya desde la Grecia clásica, aprendimos a mirarnos a los ojos y esperar a que el espejo del escenario nos devolviera palabras de «mujeres desesperadas, parricidas, enfermos, locos, esclavos, suicidas y extranjeros».

Algo parecido sucede con los juicios y los tribunales de justicia. Se trata de otro lugar que nos brinda la oportunidad de mirar y escuchar relatos que —como en las obras de Sófocles, Eurípides o Esquilo— narran tragedias humanas en las que la necesidad, la libertad, la mala suerte o las pocas ganas de acertar terminan mostrando muchas de nuestras desgracias y miserias.

Pareciera que arrastrásemos extrañas pulsiones y peligrosas contradicciones. En la fascinante Margin Call —donde asistimos tanto a las horas previas al crac financiero de 2008 como a la constatación del colapso moral que habría ayudado a que aquella crisis rompiera tantos proyectos de vida— un par de brókeres asomados a una azotea filosofan acerca de que nuestro miedo a las alturas podría encerrar, en verdad, un temor a que aflorara un deseo de saltar al vacío. Sin embargo, si hemos de hacer caso al célebre comienzo de la Metafísica de Aristóteles, también albergaríamos una inclinación natural a saber, a conocer, a tratar de comprender este continuo fluir de ruido y furia que apenas tiene sentido y que parece redactado por un guionista de sobremesa vendido o cegado por los caprichos y veleidades del mercado y sus insulsas plataformas.

Pero volvamos al teatro. O a la sala del juzgado. Y es que si el asesinato, según De Quincey, puede ser admirado como una de las bellas artes, ¿qué nos impediría considerar que el juicio —el mecanismo más aparentemente garantista o democrático que se nos ha ocurrido para restaurar los efectos de cualquier crimen— también sea considerado como una suerte de expresión artística? Esto es, un lenguaje propio, con su gramática particular, que nos permita entender —parte de— las desdichas del mundo.

Nada ni nadie nos explica a nosotros mismos mejor que la literatura, ese incierto y asombroso lugar desde el que podemos asomarnos —asumiendo, como un canto de sirena, la sugerente llamada del vacío— tratando de buscar respuestas a las desasosegantes preguntas que la vida, y sus imprevistos recovecos, se empeña en lanzarnos. Por eso un proceso judicial no sólo nos sirve para tratar de reparar injusticias, sino que puede entenderse como un complejo artefacto —con sus interrogatorios, sus juegos cruzados entre acusación y defensa, su descarnado concurso de relatos contradictorios, o su dramaturgia y cuidada escenografía— destinado a tratar de auxiliarnos en nuestro interminable afán por comprender el mal, nuestras pulsiones o nuestras contradicciones.

En un juicio —como en el teatro— se entrelazan representaciones ritualizadas de lo que ocurrió —como en la historia— y de lo que pudo haber ocurrido —como en la poesía—. Es un arte total que trenza y destrenza, como la paciente Penélope, múltiples versiones hasta ofrecer el punto final que significa la sentencia, una narración jurídica, política, pero también literaria —No ficción legal— que trata de explicar qué o por qué; o, más precisamente, para qué, o para quién.

En el proceso judicial —como en el teatro— se ofrecen respuestas precarias, dudosas, incompletas. Pero aceptamos las reglas de ese juego. Y sabemos —o deberíamos saber— que no puede dar más de sí. Que no se le puede exigir más que una mera aproximación a —como decía en su particular odisea aquel charlatán de una peli de los hermanos Coen— nuestra contingente comedia humana. Nuestra permanente peripecia inacabada.

Así las cosas, ante el continuo goteo de opiniones más o menos formadas, datos más o menos contrastados, o alusiones más o menos malévolas relacionadas con el terrible y cruel crimen de Tailandia —¿Qué extraño arcano nos ata a ese lejano país, desde Vázquez Montalbán a Luis Roldán, pasando por las películas que, como los golpes del kárate a muerte, han ido conformando nuestra educación sentimental?—, tal vez convendría respetar los tiempos propios de la narración teatral clásica y esperar, pacientemente, a asistir al lugar donde escuchar pormenorizadamente a la acusación y a la defensa. Donde el héroe, el villano o el monstruo vuelven a tener rostro y voz humana. Y tienen derecho a ofrecer sus razones o sus motivos. Y, aunque en ningún caso los justifiquemos, sí que podamos esforzarnos por entenderlos.

Y así, poco a poco —juicio a juicio, tragedia a tragedia, verso a verso— sigamos aprendiendo a comprendernos a nosotros mismos y a nuestros propios demonios.

Telón.

 

Artículo publicado en DIARIO CÓRDOBA el 19/8/23

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