Lo obvio hoy, día mundial del teatro y en el que estamos confinados fruto de la situación de alarma inicialmente acordada por el gobierno, habría sido recordar “El estado de sitio”, la obra en la que Camus critica el totalitarismo franquista mediante la ficción de una Cádiz acorralada por una peste alegórica.

 

En cambio, me ha parecido más teatral proponerles lo siguiente:

 

imagínense que asisten como jurado a un juicio en el que el acusado es un oficial de la Fuerza Aérea Alemana que, a los mandos de su Eurofighter, ha derribado un avión civil en el que iban a bordo ciento sesenta y cuatro pasajeros. ¿El motivo?  Que un terrorista islamista, tras secuestrar el aparato (un Airbus A-320 de la compañía Lufthansa, para más señas), se disponía, en apenas quince minutos, a estrellarlo contra el Allianz Arena de Múnich, un estadio de fútbol que albergaba en aquel momento a más de setenta mil personas.

 

La representante del Ministerio Fiscal, con el Código Penal alemán en la mano, solicita la condena por un asesinato múltiple; el abogado de la defensa, por el contrario, pide la libre absolución del piloto en aplicación del principio del mal menor.

 

Como miembros del jurado, más allá del problema jurídico, se enfrentan a un inquietante dilema moral: ¿está prohibido, en todo caso, disponer de la inalienable dignidad del ser humano (recuérdese la conocida definición Kantiana que afirma que se debe tratar siempre a las personas como un fin y no como un medio) y por tanto no es admisible emplearlo como un mero instrumento, por muy loable que sea el objetivo pretendido (en este caso, valerse de la muerte, no querida ni buscada, de 164 personas para así salvar más de 70.000)? ¿O, en cambio, parecería más razonable que en situaciones extremas y excepcionales como esta, se permita desoír puntualmente los referidos principios y acudir al evidente criterio cuantitativo y utilitarista que concluye la aparente obviedad de que es mejor y más sensato salvar la vida de muchos miles de seres humanos a cambio de la vida de unos pocos que, por demás y de cualquier modo, también iban a morir igualmente al estrellarse el avión en el abarrotado estadio del Bayern de Múnich?

 

Este caso, ficticio, es el que se plantea la obra teatral “Terror”, del abogado penalista y escritor Ferdinand Von Schirach. Sabe lo que se hace el autor alemán quien, tras una ya sólida trayectoria conformada por libros de relatos –“Crímenes”, “Culpa” o ahora, “Castigo”- y novelas -la magnífica “El caso Collini” y la no menos inquietante “Tabú”-, nos golpea en el estómago y nos coloca en la incómoda posición de tener que enjuiciar, como jurados-espectadores, uno de esos casos difíciles -aquellos que, como decía el juez Oliver W. Holmes, siempre terminan con el dictado de un mal derecho – que no tienen una respuesta ni sencilla ni definitiva. Es más, la propia “Terror” tiene dos finales (condena o absolución) que se representan, alternativamente, según lo que el público vote en la función tras escuchar los alegatos de las partes.

 

Del término griego zeatron (que podría traducirse como un lugar para ver) deriva la palabra “teatro”, el espacio en el que las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo o las comedias de Aristófanes se convirtieron, en la Atenas Clásica, en una verdadera escuela de ciudadanía.

 

El teatro encierra, desde esas primeras obras griegas, una característica distintiva: el aprendizaje de la experiencia que resulta de ver a otros enfrentarse a dilemas vitales, políticos o éticos. Una suerte de empatía imaginaria –esa capacidad, soñada, de vivir la vida de los demás y que, como sostiene la historia Lynn Hunt, sería más tarde una de las madres de los Derechos Humanos- que ayuda a conformar una ciudadanía crítica con genuino espíritu cívico.

 

Y es que, aún a pesar de que, como decía Benedetti, pareciera que cuando conocemos las respuestas de nuevo aparecen quienes nos vuelven a cambiar las preguntas, hay interrogantes, dilemas y contradicciones que nos han acompañado desde siempre.

 

Así, en la Antígona de Sófocles (siglo V a.n.e.), ya encontramos -junto con la dicotomía privado/público, hombres/ mujer o individuo/colectivo- el radical conflicto entre la Ley y la Moral, que se dilucida, como sostiene Jacques Vergès -el abogado del terror-, en el juicio más antiguo conocido, celebrado en la era inmemorial en la que los dioses pisaban la tierra.

 

Un juicio que, como aquel al que nos emplaza Von Schirach en pleno siglo XXI, se desarrolla en el teatro, un lugar donde ver y vernos reflejados. Donde en cada escena podemos intuir nuestra suerte futura o explicar nuestros errores del pasado.