Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Eso nos recomienda uno de los versos más hermosos escritos por Sabina. Tal vez por eso mismo, puede resultar inquietante, inicialmente, la desconcertante y un tanto orwelliana expresión de “vuelta a una nueva normalidad” que nos vaticina el Gobierno.

 

Dejando a un lado la insalvable paradoja que supone el retórico tratar de volver a donde nunca se ha llegado a estar (esa nueva y desconocida normalidad que, según parece, nos acecha), sí que puede resultar más oportuno preguntarse acerca de si, el lugar de donde venimos, el mundo que habitábamos antes de la pandemia, es adonde deseamos regresar o no.

 

Para la OMS resulta evidente que los “determinantes sociales de la salud” (aquellas circunstancias en que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen) sirven para explicar la mayor parte de las diferencias injustas y evitables por las que determinadas personas se ven más afectadas que otras por diversos padecimientos.

 

Por tanto, la enfermedad no solo se cura con medicación, la política -eso sí, determinada política- puede ayudar también a prevenirla y combatirla.

 

En la vieja normalidad que parecemos ir dejando atrás habíamos asumido no pocos mitos y dogmas que nos habían vendido como incuestionables -desde el hombre hecho a sí mismo sin necesidad de nadie más, hasta el consumo como redención- y que ahora nos resulta difícil abandonar, pues instintivamente sentimos la pulsión de añorar la vuelta a un pasado sometido al tanto vendes tanto vales, cantado por Aute.

 

Sin duda, el mayor éxito de la retórica capitalista ha pasado por haberse convertido en un cautiverio para el pensamiento disidente. Las palabras que podrían haber servido como arma para construir otro futuro (decencia, equidad, solidaridad, dependencia, dignidad, igualdad) habrían sido desactivadas. Como el mes de abril, también alguien nos habría robado su potencia emancipadora, y nos habrían convencido de que resultan meros cascarones vacíos, quedando relegadas al uso marginal e inútil de los utópicos, los ingenuos o los desesperados.

 

Aspiremos pues a volver a pisar las calles nuevamente, claro que sí, pero no para regresar al lugar de donde venimos sino para, llorar por los ausentes, retomar los libros y las canciones y, sobre todo renacer. Renacer de nuestra ruina.

 

Columna leída en HOY POR HOY CÓRDOBA (CADENA SER) el 14/4/20