Me consta que somos muchos quienes decidimos ejercer como abogados, entre otras razones, gracias al ejemplo del Atticus Finch de la novela de Harper Lee “Matar a un ruiseñor” o, también, de la película homónima en la que un maravillosamente inolvidable Gregory Peck interpretaba el papel del letrado de Maycomb, Alabama.

 

Parafraseando el título del último libro del filósofo Javier de Lucas, quienes quisimos tanto a Atticus Finch nos quedamos prendados de su entrega, su dedicación, su defensa de grandes ideales, su valentía, su inquebrantable dignidad o su compromiso ético con esta profesión tan invivible como insustituible. De igual modo, no pudimos resistirnos al poder evocador de frases redondas e inspiradoras como aquella de que uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.

 

Sin embargo, hay otra faceta del abogado Finch que también merece atención: su labor como padre de los pequeños Jem y Scout.

 

Son muchos los ejemplos en los que un cariñoso y cuidador Atticus transmite a su hija y a su hijo el compromiso cívico y moral que cada ciudadano ha de asumir para ser una persona decente. Como cuando Scout le pregunta a su padre por qué razón en el racista sur norteamericano de la Gran Depresión, defiende al negro Tom Robinson y el letrado, más allá de argumentar que toda persona merece una apropiada defensa, responde porque si no lo hiciera no podría ir con la cabeza bien alta. Ni siquiera podría deciros a ti y a Jem qué es lo que debéis hacer.

 

Pero sin duda, uno de los momentos más célebres de la película (también, de la novela) es cuando Atticus abraza a su hija, -que solloza mientras le dice a su padre que no quiere volver a la escuela nunca más– y trata de explicarle en qué consiste la empatía.

 

Si para los psicólogos Salovey y Mayer se trata de algo así como la capacidad de comprender los sentimientos de los otros y volver a experimentarlos uno mismo, a nuestro tierno abogado le vale con estas inolvidables palabras:  Anda, escúchame un momento… Si consigues aprender una sola cosa te llevarás mucho mejor con todos tus semejantes. Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista… Hasta que no logres meterte en su piel y sentirte… cómodamente… [La frase a veces aparece como “Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”].

 

Se trata, pues, de una bonita palabra de etimología griega, empatía, y de un concepto todavía más hermoso. Sin embargo, acostumbrados como estamos a ponernos a nosotros mismos como principio, regla y fin de todo, tal vez no sepamos utilizarla correctamente.

 

La empatía se practica, no se exige. Dicho de otro modo, se trata más de un deber -el de tratar de comprender y sentir como el otro– que de un derecho -el de demandar de los demás que nos entiendan-. Sin embargo, nos estamos acostumbrando a pedirle a los demás que sean empáticos con nosotros y no al revés. Y no es así como funciona, pues con ese modo de proceder corremos el riesgo de que, en lugar de a Atticus, terminemos pareciéndonos a Procusto, algo así como su reverso tenebroso.

 

Según la mitología griega, Procusto -cuyo nombre significa estirador- fue un posadero del Ática que acostaba a los viajeros que recalaban en su fonda en su temible lecho, en el que sus invitados debían encajar a la perfección: si el huésped era muy alto, para que cupiera con exactitud, le serraba las piernas; si, por el contrario, el visitante era de corta estatura, Procusto estiraba sus extremidades hasta que alcanzara la altura adecuada.

 

Exigir, sin más, que los demás se adapten a nuestro inamovible y valioso punto de vista -a nuestro lecho- y olvidar el ejercicio de ponernos en su piel. A eso se parecen nuestros días.

 

Frente a ello, este nuevo e incierto año que comienza algo triste, bien podría servir para acostumbrarnos al, sin duda exigente, ejercicio de calzarnos los zapatos de los demás y no tanto a pedir que los otros se pongan los nuestros. Pero claro, para que eso funcione debe ser un compromiso compartido. El punto de partida, por tanto, es comenzar, todas y todos, a practicar una empatía recíproca y no tanto a exigirla unilateralmente.

 

Y todo esto, no solo por civismo, por los demás o porque se lo debamos a Atticus Finch. También por nosotros mismos, porque encerrados en nuestro punto de vista la experiencia de la vida se estrecha y se hace menos rica. Y es que, como nos recuerda el sabio Emilio Lledó, navegando entre las ideas ajenas es como nos hacemos una idea más cabal del mundo.